Redondela

Sereno, cordial, silente, lírico, irónico, Agustín Redondela fue un hombre tranquilo, apasionado de la pintura y de la intimidad. Parco en palabras, pero con el humor suficiente como para ser simpático, natural, sencillo. Abominaba de la suplantación, era como el agua clara. Tenía algo grequiano en sus figuras y alado en sus paisajes, invadidos de gran poesía. Tez rojiza, tonos acuarelados, mirada limpia, propicia; contenido, sensible, emotivo, cariñoso, solidario, ético, nefelibata, su mejor modelo.

El sábado 4 de abril, a los 92 años, fallecía en Madrid, Agustín Redondela,”uno de los grandes paisajistas de nuestro siglo”, aseguraba Pepe Hierro, en 1979; un pintor representativo de la pintura española de la segunda mitad del siglo XX. Agustín González Alonso, “Redondela”, Madrid 22 de octubre de 1922, era hijo del escenógrafo José González Gordo, conocido como “Redondela”, pseudónimo que heredará su hijo.

Cuando iniciaban las vacaciones estivales, camino de Huelva, les sorprende el estallido de la guerra civil, que supondrá un grave quebranto para la familia. Tras días de desconcierto y retenciones acaban estableciéndose en San Sebastian, donde aparece el voraz apetito de Agustín por el paisaje, volviendo a Madrid acabada la contienda.

No era autodidacta, se formó en el taller del padre y, a su vuelta a Madrid, en la Escuela de Artes y Oficios, estudiando dibujo con José Ordóñez. No entró en la Escuela de San Fernando, porque tuvo que trabajar en el taller del padre, ayudándole en sus encargos. En 1945 envía un cuadro a la Exposición Nacional, firmado como “Redondela”; al final de ese año, hará su primera individual, Galería Estilo, siendo su primer coleccionista Víctor de la Serna, que pagó 700 pesetas por aquel primer cuadro vendido.

En 1947 es seleccionado por Eugenio D’Ors para formar parte del Salón de los Once. A partir de entonces, su consideración en alza, comienza a exponer de tarde en tarde. En 1952 es Premio Acuarela del Ateneo de Madrid, el año siguiente Premio Nacional y en el 54, Premio de Pintura de la II Bienal Hispanoamericana. Ganando ese mismo año la beca Catherword Foundation de Filadelfia.

Desde entonces los galardones y las exhibiciones irán mostrando la realidad de un pin-tor personal, lo que no impide que formara parte de la Escuela de Madrid, junto a sus co -legas amigos: Menchu Gal, San José, García-Ochoa, Cirilo, Álvaro Delgado o Juan Guillermo. El 11 de diciembre de 1998, se inauguró en el Centro Cultural de la Villa, una gran Antológica de su obra, comisariada por Jesús Cámara.

Redondela era pintor de grandes recursos, que trabajó bien todas las técnicas. También ilustrador, Viaje a la Alcarria de Camilo José Cela, Rembrandt, Alicante, 1978. Y, cómo no, escenógrafo: Caperucita asusta al lobo de Benavente; La Muralla de Joaquín Calvo-Sotelo, El amor de los cuatros coroneles de Peter Ustinov o Un día de abril de Dodie Smith.

En 1996, la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando le concede el Premio José González de la Peña.

Gozó siempre del beneplácito de la crítica y del mercado. No quería vender, porque su objetivo era pintar. También escribió algunas cuartillas sobre la Escuela de Vallecas, Francisco Arias o Gregorio del Olmo. Y confesaba: “la pintura para mi es dejar el alma en lo que haces; la pintura que no me emociona, que no me dice cosas, no me interesa”. Vivió sin ruido, aislado del vaivén diario del oropel, entregado a lo que le gustaba: la pintura y su familia. Acaba de desaparecer y un silencio estremecedor no hace justicia a su calidad de hombre y de artista.

Tomás Paredes

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